
Cuando era pequeñita...me mandaron a la guerra, jejeje, no hombre no. Hay que ver, que es imposible que yo me ponga seria para decir nada, quizás porque no quiero mostrar mis debilidades, que suplo con una imagen simpática y dicharachera. Bueno, justificación de por qué voy a escribir esto: en estos días me he dado cuenta de que mucha gente no tiene una idea certera de quién soy, o de por qué soy como soy, así que me he decidido a relatar (brevemente, eso sí) cómo ha sido mi vida, a ver si así también hago un ejercicio de autorreconocimiento. La mañana del 26 de Agosto de 1978 mi madre se encontraba en casa cuando comenzaron las contracciones. Mi padre, que por aquél entonces empezaba a viajar a Sevilla asiduamente por razones de trabajo (y por otras que no voy a contar) no se encontraba en casa, así que, mi madre se fue con unas vecinas a la clínica Gálvez y mis hermanos, ya adolescentes, fueron después, cuando yo ya estaba en este mundo. Creo que el hecho de que mi padre no estuviera allí ya me marcó, aunque yo no lo supiera todavía. Pensaban que iba a ser un niño, porque le daba unas patadas tremendas a mi madre durante el embarazo, pero también creía mi madre que iba a ser una niña porque cuando mi hermana Beatriz, que tenía entonces 17 años, tocaba el piano, yo me revolvía en la tripa, contenta e inquieta...ese piano... Todavía sigo tocando ese viejo piano, un Steinberg de media cola, enoooooooooooooooorme, castillo de mi infancia, bajo el cual me gustaba meterme para jugar, e incluso donde los Reyes Magos dejaban sus regalos...algo muy distinto del uso que le daban mis hermanos, ya que lo usaban como refugio el día de las notas, con objeto de que mi padre no los alcanzara a darles unos azotes por haber suspendido... El caso es que, salvo por la boda de mi hermana, que yo entendía como una gran pérdida porque alguien se la llevaba muy lejos de mí y que me hizo llorar como un cochino en el matadero durante toda la ceremonia, mis primeros años en Málaga fueron bastante felices. Recuerdo mi primer triciclo, regalo de un papá noel esquivo que llamó a la puerta de casa una Nochebuena, y que mi padre, que ese día sí estaba en casa porque era su cumpleaños, tuvo que acompañarme a recoger porque yo pensaba que quien había llamado a la puerta era ese hombre peligroso al que JAMÁS, bajo ninguna circunstancia, yo le podía abrir sin un adulto en casa. También recuerdo una vez en que, al estar en el colegio Los Olivos de Málaga (colegio creo del Opus), vinieron unas niñas a pegarme porque mi padre era un rojo, a lo que yo decía ¡Pero si mi padre es moreno! Entonces, de la nada, surgió la hermana mayor de mi amiga Sandra, y les pegó un par de hostias bien dadas que me hicieron comprender que tenía que hacerme grande, fuerte y agresiva, si quería defenderme en el mundo.
Pero yo ya era grande, al menos eso me había dicho una cuidadora encargada de la sala de dormir la siesta, ya que yo tenía que dormir en las alfombrillas, en lugar de las tumbonas que había para las de mi clase. Al parecer la tiparraca (no encuentro otro calificativo) pensaba, por mi altura, que yo era mayor, y yo veía que mis compañeras dormían la siesta cómodamente en sus camitas mientras me moría de frío en las alfombras puestas sobre el duro suelo... ahí empecé a sufrir las consecuencias de mi tamaño, no había cumplido aún los cinco años.




