Moral de Calatrava, 1954.-¡La bruja, la bruja, la bruja!-gritaban mientras la perseguían tirándole piedrecitas-Ahí va la bruja, sí, sí, es una bruja, todos lo dicen...-
Esas palabras han quedado en el recuerdo de mi madre que, a sus casi setenta años, sigue siendo una adolescente. Nacida en un pueblo en los años cuarenta, recién terminada la guerra civil y bajo la protección de su padre, seguidor del caudillo y teniente alcalde de Moral de Calatrava, provincia de Ciudad Real, sus ojos azules color del mar que tardaría veinte años en conocer y el pelo rubio como la tierra de La Mancha, hacían de mi madre un ser extraño para todos los habitantes del pueblo. En invierno, su familia se trasladaba a la capital de España para que los pequeños asistieran a la escuela pero, el verano y finales, época de recogida de los viñedos que su padre tenía, se veían obligados a estar en el pueblo hasta que la cosecha era recogida. Si ya en Madrid destacaba por su belleza, en el pueblo aquello sólo tenía una explicación para los niños y las niñas que, llenas de envidia, veían como esa princesita llegaba al pueblo y captaba todas las miradas y piropos de los mayores. Mi madre, a pesar de ser un ángel, era una bruja.
-¡Dejadme en paz por favor!-lloraba huyendo de las piedras, y corría a refugiarse en la iglesia, cuyo patio daba directamente a su casa. Aquello suponía un gran esfuerzo por su parte pues, desde que viera a un primo suyo monaguillo columpiarse ahorcado en el campanario, pues se le enredaron las cuerdas en el cuello un día llamando a misa, para mi madre, la sola visión de aquella iglesia era motivo más que suficiente para tener horribles pesadillas por las noches. Una vez llegaba a la casa, cruzaba el corral donde su abuela y sus tías y primas y su hermana mayor cantaban canciones mientras desplumaban gallinas, pelaban patatas y reían con los cotilleos del pueblo. Subía los escalones de la casa de dos en dosy, sin mediar palabra, se metía en su habitación a llorar desconsoladamente. No comprendía por qué hasta sus primas se reían de ella y la llamaban la marquesa, ya que era la única que tenía dos vestidos para los domingos.
Madrid, 1954 Ese año, mi madre iba a una academia a aprender francés y hacer el bachiller, era la Academia de San ignacio. En uno de los descansos, mi madre fue al servicio, sin ser consciente de que en las sombras, un grupo de niñas la observaba. Estaba inclinada bebiendo agua del grifo cuando, sin saber de dónde ni por qué, unas manos salieron de la oscuridad y la empujaron contra la boca del grifo. Ella, con la boca sangrando por el golpe, se dió la vuelta a tiempo para ver cómo cuatro niñas le dieron golpes y patadas mientras le gritaban e insultaban. -¡Puta! ¡Así aprenderás a no quitarle el novio a nadie!-...se quedó sola, tirada en el suelo, llorando como siempre y sin saber qué novio, ni qué narices le acababa de ocurrir, todo su afán era parar la hemorragia del corte que tenía en el labio, que empezaba a hincharse como un globo. Más tarde se enteró de que un muchacho del barrio, del que una de sus compañeras estaba locamente enamorada, había dicho que era la muchachita más guapa que pisaba Madrid, y que no tardaría en conquistarla. Por supuesto mi madre nunca se le acercó, por miedo y porque quería demostrar a sus "amigas" que ella era una persona leal, lo cual, en lugar de mejorar la relación con ellas, sólo hizo que pensaran que, además, era una estrecha y una engreída que rechazaba los favores del chico más guapo del barrio.
Madrid 2005Mi etapa madrileña ya se había terminado, y volvía con mucha experiencia y llena de ilusión por comenzar una nueva vida alejada del mundo de la moda, quería ser maestra, y mi hermana mayor me había acompañado a recoger mis pertenencias. Bajando camino de Sevilla, mi hermana se desvió para enseñarme el pueblo de mi madre, y la tumba de mis abuelos, a los que yo no conocí. Paseando por la plaza mi hermana me contaba cual era la casa de mi madre(junto a la iglesia) y recordé esas anécdotas que mi madre me contara y que yo ponía en duda pues no creía en tanta crueldad por parte de la gente. Nos paramos en una tiendecita a comprar unas soletillas del pueblo y darle una sorpresa a mi madre, pero la sorpresa nos la llevamos nosotras.
Allí, con unos cuarenta años y el acento que mi madre y mi tía Carmen habían heredado, nos atendía un señor que, al decirle de quién éramos hijas, nos contó que él, con cuatro o cinco años, era uno de los que la perseguía cantando la bruja la bruja y tirando piedrecitas a mi madre.-Era la mujer más guapa que he visto en mi vida- nos dijo, y supe entonces que el sufrimiento de mi madre era cierto, que todo esto...y mucho más que no puedo contar, ni quiero, eran la causa de ser una persona desconfiada de los demás, sobretodo, de las demás mujeres. LA envidia es el deporte nacional, se dice, ¿no?